Si estás al aire libre, al mirar al cielo, tal vez veas nubes.

Cuando estás fotografiando o grabando una escena, tal vez no te des cuenta, pero casi simultáneamente ese registro sube a la nube digital.

La imagen sube a un dispositivo online y ese registro también sube a un dispositivo de la memoria humana. Añadida a capas que se mezclan con los filtros estéticos creados por los sentimientos vividos en ese instante concreto, la imagen luego va siendo archivada, y rearchivada, según el orden de los nuevos sentimientos y pensamientos que surgen, incesantes, en cada momento.

En estos dos campos se puede acceder a ella: la persona que se fue. Si miras hacia dentro de ti mismo, también puedes hacerlo. ¿Lo puedes?

Si lo deseas, incluso puedes sacar eso de dentro y ponerlo fuera. Tal vez eso ayude, como una micromolécula de cura. Y si el “dentro” sale para “fuera”, ¿podría alcanzar al muerto?

¿Y si compartiésemos ese “fuera” para ser el puente que nos conecta con ellos?

La memoria, entonces, no es solo un recuerdo, sino una resistencia compartida. Donde se instala el duelo, se abre el “no-lugar”, y es en ese espacio donde la muerte se entrelaza con la red de sentimientos de los vivos.

¿La vida se acaba con la muerte? La muerte marca a los vivos con el dolor de la ausencia, con la responsabilidad del honor y el recuerdo, con el trozo que falta, con el futuro robado, con la vida que ya no se expresa más en el cuerpo, sino en las relaciones, en las huellas digitales dejadas a lo que persiste aquí. ¿Y todo eso, en el ahora, cómo resuena para quienes seguimos vivos? ¿Cuanta vida viene de nuestros muertos?